Crear para Despertar

Por 6 noviembre, 2015Medios

Crear para Despertar Juan Carlos Corazza

Crear para despertar

Juan Carlos Corazza escribe para la Revista del Cine Español “ACADEMIA”.
Número 216. Noviembre-Diciembre de 2015.

Madrid. Treinta años después. En la mente de aquel Joven Maestro, un chat imaginario con actores y estudiantes de interpretación bajo el nombre de personajes del teatro. (Se sospecha que los temas fueron sugeridos por la revista ‘ACADEMIA’).

CRIADA: ¿Pero qué es el Teatro?
R: Un lugar al que hay que acudir. Un espacio y un tiempo en el que dejamos el mundo real para entrar en otro mundo. De la mano de los actores podemos trasladarnos a Verona, y bajo un cielo estrellado ver a Romeo y Julieta en su balcón, oír la música de sus palabras de amor, y transitar con ellos su vida y su muerte. Y todo a escasos metros de distancia. ¿Hay algo más mágico?

LEÑADOR: Frente al hambre, las enfermedades, las guerras y las atrocidades de esta época, no me siento del todo bien queriendo ser actor, alimentando en la gente la distracción o la evasión de cosas tan graves que nos ocurren.
R: Sí, el mundo está muy delicado de salud y hay cosas urgentes que hacer. El teatro es un recuerdo de la importancia de mantenernos unidos. Shakespeare nos pone delante una y otra vez la tragedia del hombre cuando se separa, la dificultad de ver y dar espacio a lo diferente. El teatro puede ser una distracción, un descanso de los pesares de nuestras vidas, pero en la esencia de toda ficción, ya sea teatro, cine o televisión, está el poder de despertarnos para tomar conciencia de nuestro pequeño ser, para ver al otro y ver más allá de nosotros. Es una especie de meditación en comunión con otros espectadores, y el fin de la meditación no es evadirse sino todo lo contrario. El teatro occidental nació como celebración a Dionisos, dios del vino, al que se rendía un culto de embriaguez, frenesí orgiástico y devoción, una entrega a la irracionalidad como acceso al inconsciente individual y colectivo. Aquella devoción, al contrario que la religión, ampliaba la conciencia y hacía visible lo invisible, buscando la transformación para todos. Era una experiencia espiritual, en el sentido de ser parte de un todo más grande que nosotros, de un misterio que no controlamos y que necesitamos respetar e incluir, algo que la barbarie de las religiones y sociedades patriarcales aniquilan en todas las épocas y lugares. Pero el teatro y sus actores, con su fuerza animal y espiritual, siempre
han hecho y harán frente a la barbarie religiosa o política que separa, se aprovecha y castiga. Necesitamos alimentar y mantener viva la conexión con uno mismo como actores y como personas, con la comunidad, con nuestra alma y con algo que pertenece a un plano más allá de nosotros. Como todas las artes, el teatro es un puente hacia el alma. ¿Quiénes seríamos si no tuviéramos alma? ¿Quiénes seríamos sin el teatro? Pero cuando el teatro, el cine y la televisión son víctimas o cómplices de la barbarie de la sociedad patriarcal, dejan de ser un puente hacia el alma; y en vez de despertarnos, nos adormecen. Tenemos la oportunidad de elegir con qué queremos comprometernos.

ANTÓN: No podemos prescindir del teatro.
(Pausa)
OLGA: ¿Pero un actor nace o se hace?
R: A ciertas y raras personas la naturaleza les concede dotes para actuar, y es poco frecuente que una actriz o un actor reúna todas al mismo tiempo. Una hermosa voz, con matices y riqueza de lenguaje. Cuerpo ágil y fuerte. Inteligencia y carga emotiva profunda. Instinto escénico, sentido del ritmo, gracia e histrionismo. Responsabilidad y fuerte necesidad de expresarse. Presencia, naturalidad… ¡Y tantas otras! Algunas están escondidas y se desarrollan gracias a la formación, el tiempo o los trabajos profesionales. Otras surgen con el conocimiento de uno mismo, y el destino puede contribuir a cultivar o empobrecer los atributos dados o adquiridos con esfuerzo. Pero hay en el actor una cualidad más allá de las dotes, que podríamos llamar talento. Una especie de fe o capacidad para reconocer, imaginar y seguir la voz del personaje, y distinguirla de los propios deseos, emociones, fantasías y pensamientos. Una capacidad extraña para apartar el propio yo conscientemente, un instinto para transformarse en otro en cuerpo y alma. El cuerpo del actor es una guarida para los duendes, “y para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio, solo se sabe que quema
la sangre”, dice Lorca.

HELENA: Soy actriz porque quiero ser famosa, aunque no me siento bien con eso.
R: Muchos eligen la actuación porque se enamoran de un ídolo, de un héroe de la pantalla o del escenario. Con el tiempo se toma conciencia de que aquello fue una forma de comenzar, y surge el interés por el teatro y la función que cumple el teatro en los demás. Entonces uno empieza a ser consciente de la responsabilidad de dar algo bueno a los demás, y del trabajo y esfuerzo que implica. Stanislavsky decía: “amar al teatro en uno y no a uno en el teatro”. Pero si continuamos apegados a la necesidad de aprobación sobreviene la ruina del actor, y el éxito marea a quien niega que este pueda marearlo. Shakespeare lo enseña porque ejercía su trabajo con toda su función cultural.

ROSITA.: Dicen que se sufre mucho…
R: Pero hay un dolor fresco, bueno, necesario para la salud y para el arte que muchas veces no proviene del personaje o de los procedimientos de una clase o ensayo. Un sufrimiento originado en las dificultades o limitaciones artísticas que negamos o encubrimos. Los personajes o la historia pueden generarnos conflictos, y entonces será necesario reconocerlos y atravesarlos si no queremos actuar como si fuésemos una cáscara o una imitación robótica. Las virtudes o demonios de los personajes pueden despertarnos aspectos que guardamos en la sombra, y que podemos convertir en energía creadora. Al duende de Lorca “hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre”. Es necesario dejar ropajes conocidos, armarse de coraje y honestidad para lanzarse a una aventura que nos devolverá mejores personas. Claro, es necesario un personaje y un contexto favorables, y para conseguirlo hay que luchar duro ¡o tener mucha suerte!

DEMETRIO: ¿Es imprescindible estudiar?
R: Hay consejos de actores o directores que pueden ser un tesoro, depende lo que hagamos con ellos. Experiencias que fortalecen, errores que enseñan, imitaciones que ayudan, todo puede constituir una parte de la formación. Ocuparse de las lagunas en la formación enriquece la vida artística del actor. Lo que llega como fruto del estudio y la investigación es posible que permanezca con nosotros, incluso que pueda desarrollarse, pero lo que conseguimos a través de la suerte, tarde o temprano se lo lleva el viento.

ÁNGELO: No quiero depender de la ayuda de un director o de un coach. ¿La formación acaba?
R: Una formación básica sí acaba. En nuestra profesión ocurre como en la vida, tendemos a dormirnos, y la carrera siempre amenaza con devorar al artista. Los espacios de investigación y entrenamiento, si no llegan junto a los proyectos profesionales, habrá que buscarlos, y averiguar qué tipo de actor quieres ser y cuál puedes llegar a ser. El actor se hace más libre cuando se permite pedir ayuda, y también cuando es capaz de arreglárselas solo. Aunque en el arte siempre es bueno tener al lado otros ojos con buen criterio.

ANTONIO: Cuando ella se marcha y le suplico que se quede, la emoción me quiebra y esas frases no son tan sonoras como el resto de mi interpretación.
R: No te preocupes por la perfección: nunca la alcanzarás. Pero es mejor que las palabras y su ritmo arranquen tu emoción,
y no al revés.

OFELIA: Me preocupa llegar al ensayo y no tener claro mi personaje.
R: ¿Para qué está el ensayo si no lo aprovechamos para probar y descubrir? Decía Salvador Dalí: “si comprendes tu cuadro de antemano, no vale la pena que lo pintes”.

MARGARITA: Tuve varios éxitos, sin embargo me siento como si no supiera nada.
R: Que algunos personajes puedan salirte bien no quiere decir que sepas actuar. Existe la suerte, los golpes de gracia. Y no significa que un actor no sepa actuar porque en un trabajo esté mal. Dalí confesó y justificó que empezó a “saber pintar” aproximadamente a sus cuarenta y tres años de edad.

ISABELLA: ¿Cómo puedo saber que técnica podría ayudarme?
R: Creo que en la actuación no hay recetas, aunque como en todas las artes hay algunas leyes. Las técnicas deben dar confianza y libertad en el propio talento. Sería preferible no utilizar una técnica si no se la conoce a fondo. Es necesario entrenar el mundo racional e irracional, disponer del caos y del orden creativo y desarrollar un criterio artístico. Para mí la técnica imprescindible consiste en desarrollar la capacidad de hacerse buenas preguntas. Las que estimulen nuestra comprensión e imaginación, y que ayuden a avanzar, impulsándonos a la acción.
Preguntas que nos eleven de lo convencional a lo artístico. Preguntar es un arte.

RICARDO: Necesito mucho la opinión de los demás, aunque eso me confunde…
R: Habitualmente el público y las gentes de esta profesión transforman sus impresiones en opinión crítica. Pero los actores tienen la responsabilidad de discernir lo subjetivo de lo más objetivo, aquello que les produce el material del material mismo. No es fácil porque inevitablemente todos nos proyectamos en el material que trabajamos, incluyendo los directores. Hay que ver lo que la partitura exige actuar, y adaptarse y colaborar con la visión del director.

EDGARDO: Amo el teatro y el cine. Llevo insistiendo mucho y las puertas no se abren para mí.
R: Si la actuación no te quiere, tu amor será inútil a menos que dirijas ese amor hacia otros aspectos fundamentales de la profesión. Puede que descubras en ti aptitudes para ser asistente de dirección, productor, director, guionista, técnico… Pero si el mundo del teatro o los audiovisuales no te quieren, será mejor que en vez de llamar obstinadamente a estas puertas, descubras tu camino dentro de la complejidad cósmica del mundo que te rodea.

MIRANDA: Comparto las preguntas y respuestas de todos, pero aún así me pregunto si existe otro secreto para crear.
R: Dado que Salvador Dalí también nos acompaña en este encuentro, escucho el último de sus 50 secretos mágicos para pintar: “… es absolutamente preciso que en el momento en que te sientes delante de tu caballete para pintar tu cuadro, tu mano de pintor sea guiada por un ángel”.

(Como por arte de magia, o porque el duende se esfumó, estos personajes desaparecen de la mente del MAESTRO, y el MAESTRO también).
WILLIAM SHAKESPEARE: Y el resto es silencio.
—– Fin —–
Gracias a todo el Teatro Griego, William Shakespeare, Antón Chéjov, Constantin Stanislavsky, Federico García Lorca, Salvador Dalí, Carlos Gandolfo, Augusto Fernandes, Betina Waissman y Claudio Naranjo.